Diletante y en rebeldía

Diletante y en rebeldía
Algunas cosas no las sabe,otras las ignora, y la mayor parte ni siquiera las sospecha

lunes, 23 de enero de 2012

La rutina y la improvisación

Dolina suele citar la frase de un músico según el cual :"el arte tiene dos enemigos, la rutina y la improvisación". Como un juego de poca monta jugaré con la frase para plantear lo opuesto (una comodidad hija de mi pereza intelectual): que el arte y aún la vida misma se componen (temo caer en un facilismo que empieza resultarme preocupante) de rutina e improvisación.
Frecuentemente se alaba a la improvisación como hija de la espontaneidad. Más aún se espera que esta revele la genialidad sin la intermediación del esfuerzo y por ende de la rutina.
Para ello se ignora todo el trabajo previo que una buena improvisación contiene.Una mirada televisiva, o al menos cinematográfica, del tema consiste en pensar que basta tomar una guitarra, sentarse ante el piano, tomar un pincel, o aporrear sistemáticamente el teclado como programador de computación de películas hechas por gente que no se acerca a una computadora a más de 100 metros por precaución, y "dejarse llevar" (¿adónde? ¿por quién?) y "expresarse libremente" (¿para decir qué?) para que surja una obra de arte...
La capacidad de improvisación no es el primer paso sino más bien, el último de un largo camino de largos y aburridos ensayos, ensayos monótonos de cosas que después quizá no se apliquen nunca pero que son la base de todo lo demás.
Horas enteras tocando escalas pueden haber sido el preludio de esa bella melodía tocada con esa aparente naturalidad. Detrás de un cuento o un poema escritos en una servilleta o en un anotador hay tal vez una larga pila de libros leídos y experiencias vividas.
Aún en cuestiones más cotidianas y menos artísticas sigue vigente esa regla: lo que parece una improvisación  del momento requiere a veces años de preparación. Una simple comida casera hecha con lo queda de la alacena no resulta un mamarracho incomible porque la anteceden años de práctica, que suelen pasar desapercibidos.
La improvisación recibe elogios excesivos y críticas excesivas: las primeras, hijas de quienes ven en el accionar ajeno un carácter cuasi mágico que los exime de buscar explicaciones, las segundas, hijas de quienes quisieran tener todo planeado o que fingen creer en la nula planificación del rival para menospreciar sus logros.
La rutina es también blanco de la desmesura interpretativa: ora es signo de seriedad y se deplora su ausencia, ora es síntoma de rigidez y se pide su eliminación.
En política y en las miradas que se presumen de análisis político (a veces lo son) se usan los dos filos, a veces hasta el punto de la esquizofrenia: es decir, se llega conferir como explicación de las virtudes ajenas una afortunada improvisación que funciona vaya a saber uno porqué, mientras se cuestiona la falta de planes a largo plazo a los cuales se atribuyen todos los defectos reales o supuestos (sin privarse de sugerir al mismo tiempo la existencia de un afán desquiciado de control).Pero al mismo tiempo se acusa de disfrazar la rutina (de la cual se carece por falta total de seriedad)  de épica para ocultar intenciones malvadísimas...
Más allá de la desesperación y la falta de ideas como explicación para estas actitudes hay que reconocer una falsa dicotomía en ese pensamiento (curioso en boca de personas que pretenden odiar toda dicotomía): creer que la improvisación es necesariamente hija de la falta de planes y la enemiga número uno de la rutina cuando en realidad es más bien la frutilla del postre. Adorna pero no se sostiene sola.
Años de planificación pueden ser el basamento de una movida aparentemente casual, pero también son esos mismos años de preparación los que permiten hacer giros bruscos sin caerse, algo que cualquiera que no esté voluntariamente cegado debería poder ver ( ya sea que esté patinando o liderando un país, sin que esto signifique que el nivel de complejidad sea el mismo).
Lo que no hay es magia: nadie toca una melodía la primera vez que agarra un instrumento (salvo algún caso de genialidad absoluta, que no abunda) y nadie llega a la cima del Everest de un salto. La imagen más patética de todas es la del que espera que el otro falle  porque se cree que al reemplazarlo se logrará la magia que el otro no tuvo, aunque todos los ejemplos previos le adelanten que no sucederá...


2 comentarios:

  1. Lindo ensayito, eh. Abarcativo y a doble línea, para hacer reflexionar. Y acaso, podría relacionarse a método y talento tal postre y la frutilla.
    Saludos.

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    1. Gracias, Adán (eso del método y el talento sería más propio de Poirot que de Dolina, pero suena interesante).

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