Diletante y en rebeldía

Diletante y en rebeldía
Algunas cosas no las sabe,otras las ignora, y la mayor parte ni siquiera las sospecha

sábado, 11 de febrero de 2012

La caída de los “brights": primera parte



El origen de la Ciudad está vinculado a un conflicto, un curioso conflicto interno cuyas consecuencias más lejanas nadie pudo prever. Podría decirse que la Ciudad tal como la conocemos no existiría si tales acontecimientos no se hubiesen producido.
Para aquel que siempre ha dado por sentada la existencia de la Ciudad, tal vez le resulte extraordinario saber que hubo una época en la cual la Ciudad no existía. No había prácticamente habitantes permanentes en la estaciones espaciales: la mayor parte de la gente vivía en la Tierra. En vez de la Ciudad existía una entidad más difusa que fue su precursora: la Nación.
La Nación estaba habitada principalmente por personas decentes cuya vida próspera despertaba la envidia de millones. El mundo civilizado fuera de la Nación se había fragmentado (salvo por el horror que significaba la constitución de la Confederación) y aún el Vaticano se encontraba encerrado entre el caos de las “Ciudades libres “ y la tiranía de la Confederación. O eso al menos creían los vecinos de la más gloriosa y libre nación.
Ante esta amenaza, el temor de sus habitantes los impulsaba a buscar seguridad. Sin embargo, la solución no hubiese cuajado de no ser por un grupo casi inverosímil de ciudadanos, que desdeñaba los valores sobre los cuales se cimentaba la Nación, pero que fueron los encargados de otorgarle un nuevo destino.
El grupo provenía de la Universidad más nueva y mejor equipada de la Nación. Olvidados del privilegio que suponía permitirles estudiar y trabajar allí, grupos de científicos y estudiantes se organizaron y protestaron contra lo que consideraban un orden injusto y hasta retrógrado.
En manifiestos, libros y conferencias denunciaron lo que consideraban un absurdo y egoísta derroche de recursos en un mundo superpoblado y sobre-explotado. También protestaban por la prohibición, que regía en las escuelas básicas, de enseñar determinadas teorías científicas, denunciadas como perniciosas y contrarias a la fe por padres preocupados. Y por supuesto protestaban por las restricciones a su vida privada que gobernantes piadosos insistían en imponerles.
Hubo rumores de que el movimiento fue financiado por los enemigos de la Nación, pero nunca hubo pruebas fehacientes que lo indicasen. No importaba: los habitantes de la Nación así lo creían y eso era suficiente.
La influencia del movimiento en el común de la sociedad fue mínima. La reacción que provocó entre ellos fue de miedo y odio. La gente común los veía como locos peligrosos que amenazaban que destruir la Nación desde sus bases. Sólo encontraron eco en el seno de las demás universidades y en círculos de intelectuales. Sin embargo cabe destacar que las personas que reaccionaron con más virulencia contra ellos eran famosos escritores, científicos y hasta algún Premio Nobel.
La mayoría de sus integrantes era ateos o agnósticos, pero había entre ellos algunos nostálgicos de la llamada “Teología de la Liberación”, destruida hacia varios años por la proscripción y el olvido.
Los llamaron “brights”, nombre pomposo que recordaba a un grupo existente en el siglo XXI que defendía el derecho a proclamarse ateo sin ser perseguido o discriminado y que había pretendido borrar de la mente de la población religiosa la connotación negativa que siempre tuvo el ateísmo (obviamente fracasó). Si bien aquel grupo no tenía los propósitos políticos que este nuevo grupo sí tenía, los religiosos que les endilgaron el apodo no perdían el tiempo en sutilezas tales. Además, el mote les permitía amonestarlos recordándoles que fue el ángel más brillante el que cayó...sin embargo su status legal era más simple: se los consideraba "terroristas".
La Nación entera reaccionó contra los “brights” y sus defensores (que los tuvieron). En el transcurso de pocos años se dictaron leyes que castigaban severamente toda expresión de disconformidad y cualquier costumbre que se apartase de la “buena moral”.
El resultado inicial fue la huida de muchos de los revoltosos, que fueron recibidos con todos los honores por la naciente Confederación, una de la amenazas que comenzaba a afrontar la Nación.
Otros se quedaron a luchar sufriendo continuos reveses y traiciones, puesto que muchos preferían la comodidad de un indulto, antes que las cárceles. El mismo se ganaba con el arrepentimiento y la delación, como en tantas otras ocasiones en la historia.
La líder de los “brights” a mediados del siglo XXI era Miriam Russell, una física teórica muy renombrada (había ganado un premio Nobel) . A pesar de su juventud (tenía sólo 25 años), su inteligencia y su claridad ideológica la habían convertido en la cabeza visible del movimiento. Como tal era admirada y respetada por los suyos, tanto como era odiada por la mayor parte de la Nación.
En manifiestos , libros y conferencias denunciaron lo que consideraban un absurdo derroche en medio de un mundo cada vez más agotado. También protestaban contra la prohibición de enseñar a los niños determinadas teorías científicas denunciadas como perniciosas por gobernantes muy piadosos. Y, por supuesto chocaban continuamente con la rígida moral religiosa que se les quería imponer.
Hubo rumores de que el movimiento estaba pagado por los enemigos de la Nación, pero nunca pudo probarse nada. De todos modos,la gente decente estaba convencida de ello, y eso bastaba.
Las consecuencias de este movimiento fueron más profundas fuera de la Nación: en ella la indignación de la gente ahogó todos sus esfuerzos por hacerse comprender. Al iniciarse la represión, convenientemente brutal, muchos huyeron y hallaron asilo político en la naciente Confederación de naciones donde desempeñarían un importante papel desarrollando nuevos centros de investigación de ciencia básica y aplicada; otros se refugiaron en la “ciudades libres” donde al menos no llegaba del todo el poder de la Nación.
Unos pocos decidieron quedarse y luchar hasta el final; entre ellos estaba Miriam Russell. Eligieron ser el mascarón de proa, mientras fomentaban el éxodo de los menos conocidos, y de los más amenazados, abiertamente en el primer caso, subrepticiamente en el segundo. No faltaron los que recurrieron a la traición para salvarse: a veces por miedo, y a veces por convicción: científicos de renombre los despreciaban por “utopistas”; había ateos a los cuales les parecían inmorales e irracionales sus ideas, hasta el punto de que terminaron repitiendo los mismos discursos que el Papa.
El Papa Miguel II fue un actor protagónico en la lucha: con sus sermones alertaba contra los “peligros” de la razón. Finalmente sucedió lo esperado: los últimos “brights”(doce en total) fueron acusados penalmente. El último acto se daría en los tribunales, eso sí, ante la cámaras, para que los habitantes de la Nación pudiesen disfrutarlo. Los cargos eran muchos y variados: desde “traición a la patria”, “falsedad ideológica”, incitación a la violencia..., hasta terrorismo.
La defensa de los “brights” la asumió Alexander Valley, un curioso abogado, que además era músico, escritor y hasta futbolista amateur. No era ateo sino más bien un agnóstico que rechazaba toda etiqueta, incluida esta misma; pero después de conocido su papel, los rumores acerca de su persona indicaron que era un ateo comeniños, cuyo deporte favorito era agredir dulces ancianitas (de ojos azules y con su correspondiente pastel de manzanas en la mano). Él los escuchó con su habitual sentido del humor y siguió trabajando. Recibió amenazas que ignoró con desdén e insultos que incluían acusaciones de soborno, que escuchó con algo de tristeza. Sus hijos, que temían por su vida, le pidieron que renunciara pero él insistió en seguir adelante. No compartía las ideas de sus defendidos, pero deploraba la postura de que expresarlas fuese un crimen.
A los “brights” se les prohibió salir del país (cosa que nunca intentaron, pesar de los ruegos de los exiliados) y se les dictó prisión domiciliaria. No pudiendo salir de sus casas continuaron comunicándose entre sí mediante teleconferencias:
Nos hemos hecho famosos — ironizó Miriam —. Basta con decir que estas comunicaciones son cuidadosamente grabadas y analizadas. Parece que creen que discutiremos un plan secreto o algo así.
No necesitan que digamos nada en especial; cualquier comentario, por inocente que parezca será considerado parte de un “plan” — fue la respuesta, bastante resignada , de Alexandra Hollow.
De todos modos, nuestra situación es muy grave: Alexander Valley, el abogado que nos defendía hasta ahora, ha desaparecido.
¿Crees que huyó? ¿O acaso lo sobornaron y está muy ocupado contando su dinero?
No lo creo. Llamó uno de sus hijos preguntando por él. Estaba muy preocupado. Teme que lo hayan secuestrado los extremistas. Había recibido muchas amenazas, y quizá esta vez decidieron pasar a los hechos.
Teniendo en cuenta la actitud que han tenido últimamente, su temor es justificado..., si nuestras viviendas no estuvieran custodiadas ya las hubiesen asaltado...
Él tiene custodia policial ¿No es así? No creo que se atrevan a atacarlo.
Será mejor estar atentos a las noticias...
Al día siguiente los “brights” supieron al fin el paradero de Alexander Valley, o al menos el de su cadáver. Oficialmente se atribuyó su muerte a un intento frustrado de robo: según la policía, el abogado se habría resistido y los maleantes lo mataron.
Si la situación de los acusados era grave antes, ahora había empeorado: nadie aceptaba ocupar el lugar del difunto por miedo a correr la misma suerte.
Pero para algunos los problemas no se limitaban al ámbito judicial. Miriam Russell recibió la visita de sus padres, que previa autorización, ingresaron para comunicarle una curiosa noticia:
Legalmente, ya no eres nuestra hija.
Vaya..., no es lo que esperaba como regalo de cumpleaños
¿No puedes tomar nada en serio?
Veamos: me han despedido de mi empleo,me acusan de un sinfín de crímenes, asesinaron a mi abogado, puedo ir presa y hasta podrían condenarme a la pena de muerte . Todo esto es, sin duda, algo serio..., y ustedes me comunican que ya no son, al menos legalmente, mis padres ¿Qué esperan que les diga?¿Quieren que los felicite?
Siempre fuiste muy egoísta ¿Olvidas que somos nosotros quienes sufrimos?
¿Ustedes sufren? Soy yo quién puede ir presa...¡Pueden ejecutarme!
Hay que asumir las consecuencias de nuestros actos—. Sentenció gravemente su padre.
Dime: ¿dónde están ahora esos “amigos” que tenías? ¿por qué no te ayudan ellos? Pueden contratarte un nuevo abogado—. Le increpó su madre.
Sabes bien que mis amigos se encuentran en la misma situación. En cuanto al abogado: ningún abogado de los buenos aceptará nuestro caso. Ya sea por convicción o por miedo, han decidido mantenerse alejados de nosotros y de nuestro caso...
¿Sabes qué? Te lo mereces. Te has convertido en una terrorista. Tu madre y yo siempre te advertimos a cada paso adonde podía llevarte ese camino. Pero eras demasiado soberbia para aceptar consejos: ahora ya es tarde. Lo mismo digo de los demás: se merecen un castigo ejemplar...
¿Por qué? ¿Por pensar diferente?¿Por enseñar a pensar, tal vez ?¿O acaso se refieren a algunos detalles de la vida privada de algunos de los integrantes del grupo? Yo no estoy en la última lista... Mi vida privada es tan aburrida que desanimaría inclusive a los más puritanos.
Estás equivocada, no se trata de eso — Le retrucó su padre con aires de grandilocuencia—. No se trata de lo que piensen: ustedes corrompieron la mente de muchos jóvenes con sus atroces enseñanzas. Y ninguna sociedad puede permitir el libertinaje..., aunque se disfrace de libertad e invoque la tolerancia.
No vale la pena discutir contigo, no escucharías razones. Rezaremos por ti, es todo lo que podemos hacer — Sentenció su madre mientras se dirigía hacia la puerta. Su esposo le abrió la puerta y ambos salieron.
Miriam permaneció inmóvil unos instantes, sollozando...
Después se dirigió al videoteléfono y marcó un número. Tenía mucho que hacer. No había tiempo para lágrimas.

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