Diletante y en rebeldía

Diletante y en rebeldía
Algunas cosas no las sabe,otras las ignora, y la mayor parte ni siquiera las sospecha

lunes, 13 de febrero de 2012

La caída de los "brights": segunda parte

Lo que Miriam había previsto se cumplió. Ella y los demás “brights” terminaron en prisión, para algarabía general. No faltaban los comentarios del orden de “por fin se hizo justicia”, etc.
Como la paranoia general los consideró parte de una gran conspiración para destruir la Nación, se tomaron todos los recaudos para evitar que salieran en libertad (la fianza fijada era altísima) y que se comunicaran entre ellos (no se sabe que puede planear gente tan peligrosa).
A medida que pasaba el tiempo, Miriam pudo apreciar el “privilegio” de tener un abogado que la había declarado culpable antes que el jurado. Uno tras otro pasaban los alegatos de la fiscalía y él se limitaba a esbozar tímidas objeciones, más de forma que de fondo.
Se supone que usted debe defenderme — Se quejaba amargamente Miriam. Él la observaba imperturbable y respondía:
Eso hago. Pero no hay mucho de que asirse. Sería más fácil si usted fuese inocente.
Es muy difícil ser inocente en estos días — Comentó con aire desolado la joven — Intentamos explicarle al pueblo, si es que aún existe, porqué son necesarias leyes más justas..., una sociedad más justa. Pero además lo hicimos de modo pacífico...
E ineficaz — rió el abogado —. Olvida que la simple de defensa pública de sus absurdas ideas es ilegal. Los vecinos, la gente decente, no quieren saber nada de agitadores. El siglo XX terminó y sus locas teorías están muertas y enterradas.
Miriam permaneció en silencio unos instantes. Cambiando de tema, preguntó por sus padres. La respuesta fue seca y cortante:
Se les ha concedido legalmente el cambio de nombre y apellido, así como el traslado a otra localidad. Además quedan libres de toda posible responsabilidad legal hacia su persona.
Qué irónico, es una forma inusual de quedar huérfana.
Es para proteger a los familiares de los delincuentes. Así se les evita ser discriminados. La opinión pública es implacable, pero a veces es injusta.
¿Tiene alguna noticias de los demás? Ya sabe, de los otros “brights”.
No debe haber comunicación alguna entre ustedes.
No estoy pidiendo que les transmita ningún mensaje. Sólo quiero saber como están.
Ellos me hicieron la misma pregunta. No voy a romper las reglas por nadie.
Vamos, no diga tonterías. Sé que nos asignaron el mismo abogado, un curioso gesto de tacañería, debo decir. ¿O hicieron un sorteo y usted perdió?
Nadie quería aceptar su caso; me ofrecieron un sobresueldo, y la posibilidad de mudarme a otro estado luego del juicio.
Felicitaciones. Imagino que su familia estará muy contenta.
El abogado carraspeó, visiblemente incómodo y anunció que debía retirarse.
¿Tiene alguna pregunta que sí pueda responder?
Déjeme intentarlo: ¿ ha habido algún avance en la investigación de la muerte de nuestro anterior abogado?
Tampoco puedo responder a eso.
Entonces es mejor que se vaya.
Así lo haré.— Fue la respuesta.
Los juicios continuaron y fueron seguidos con fruición y morbosidad por los ciudadanos de la Nación. El veredicto final se veía venir y no parecía posible una apelación. La ejecución sería televisada en todo el territorio de la Nación. En el plano internacional la opinión pública estaba conmovida. Hubo numerosas peticiones en su favor que fueron desdeñadas y manifestaciones pidiendo su liberación, de las cuales el pueblo de la Nación jamás se enteró.
El Papa en persona habló en favor de la condena, argumentando que, si bien se oponía al pena de muerte, había casos excepcionales a tener en cuenta y que ese era uno de ellos. Frente a periodistas de todo el mundo declaró:
— “Un grupo de doce personas inspiradas por la gracia de Dios, hará que brille la justicia. Ninguna debilidad, ninguna falsa compasión debe detenerlos. Están en juego no sólo sus almas, sino también las almas de estos desdichados. No se trata de una venganza sino de justicia. Fue su orgullo lo que los condujo hasta la triste situación en que se encuentran. Ellos se condenaron, antes que nadie lo hiciera antes. Es triste decirlo, pero sucede así a veces. La inteligencia se pierde sin la guía de la fe.”
Y en un sermón memorable pronunciado el mismo día del veredicto advirtió:
—“La rebelión del ángel más brillante se debió a su soberbia. También la rebelión de estas personas tiene ese origen. La razón debe estar subordinada a la fe y no a la inversa. Estos intelectuales nos arrastraran a la perdición si no les ponemos un freno. Las bases que sustentan nuestra sociedad, aquello que nos hace humanos y nos distingue de las bestias son la fe y la moral. Ellos han atacado ambos. Por eso, si no queremos que la ciencia deshumanizada y el libertinaje de los inmorales nos acorralen, la condena debe ser ejemplar. Está en juego el futuro de la Nación.”
Después de largas horas de deliberación todos los acusados fueron condenados a la pena capital. Intentaron apelar pero fue inútil. Se consideró que no había suficientes elementos para un nuevo juicio. La ejecución de la sentencia se programó siguiendo las exigencias de la televisión (había que maximizar el rating). Todos los vecinos de la Nación la verían en vivo y en directo.
Pero ocurrió algo inesperado. En aquel momento el Director del proyecto de construcción de la Ciudad Flotante, Oscar Sagan, estaba desesperado porque había perdido a sus mejores hombres. Muchos habían huido a la Confederación y otros había sido condenados a penas de cárcel. Podía conseguir personal para las tareas menos especializadas y algunos técnicos, pero le faltaba gente capaz de planificar y dirigir la construcción. Necesitaban que tuvieran un alto grado de preparación técnica y científica: los que cumplían con los requisitos no querían ir y los que estaban dispuestos a ir no servían.
Para peor el juicio a los “brights” no sólo había motivado una auténtica fuga de cerebros, también había hecho más apremiante la necesidad de culminar el proyecto. La esperanza de la gente de la Nación estaba puesta en el espacio, donde estarían más seguros, y las autoridades pronto sintieron la presión popular. Aprovechando ese particular estado de ánimo, Sagan tomó una decisión: llamaría a Bradbury. Él sabría como resolverlo...
Al día siguiente, en el despacho de Richard Bradbury, Sagan explicaba las dificultades que afrontaba su proyecto:
Escúchame, este proyecto es lo más importante que hemos llevado a cabo tanto desde el punto de visto científico como tecnológico. Por primera vez habrá humanos de manera permanente en el espacio. Y no sólo científicos, militares o millonarios aburridos, sino personas comunes y corrientes. Poco a poco la Humanidad comienza a tener existencia independiente de la Tierra, algo esencial para la supervivencia de nuestra especie. Eso no puedo hacerlo sin gente capacitada.
Lo entiendo muy bien. Y por eso llevo años presionando para aumentar las partidas presupuestarias. Este año han aumentado mucho. Puedes contratar a cualquiera. Sólo ofrece más dinero.
No se trata de dinero. Los más capacitados se van o están presos.
Mi querido Sagan..., no seas ingenuo. Siempre se trata de dinero. Sólo es cuestión de conseguir gente decente y pagarles bien. En esta Nación no necesitamos inmorales o terroristas para hacer nuestro trabajo.
Pero quieren que el proyecto avance rápido. El presidente y varios congresistas me han llamado. Así que sí, los necesitamos — Una sonrisa irónica asomó a sus labios: — a menos que hayan decidido esperar a la siguiente generación. Por fortuna los nuevos planes educativos aprobados por las diversas iglesias y asociaciones de padres están orientados a dar a los niños una sólida formación científica...
¿A quienes quieres contratar? — preguntó Bradbury, visiblemente incómodo.
Oscar Sagan le pasó una lista. Richard la tomó, miró los primeros nombres y protestó:
Estas personas están en el Corredor de la Muerte...
Son las que necesito.
Richard Bradbury bajó la cabeza, resignado.
Habrá que mover algunas influencias...
Ese es tu trabajo, Richard.
No haces más que causarme problemas.
Ese es mi trabajo.
Veré que puedo hacer. ¿Qué otra cosa más vas a pedirme? Aprovecha que estoy de buen humor.
Richard se esforzó por sonreír pero su sonrisa se transformó en una mueca cuando Sagan volvió a hablar:
¿Y qué me dices de la absurda vigilancia que han montado? Desalienta a los pocos que podrían unirse al proyecto.
Dame un poco de tiempo. Los ánimos están caldeados, pero pronto la gente se aburrirá y podrán volver a un régimen de trabajo más normal.
Richard Bradbury movió influencias. Era el asesor científico de la presidencia, y el propio presidente intervino en su favor una vez que éste le explicó como su imagen pública mejoraría si la Ciudad se terminaba en los plazos previstos. Si bien hubo dificultades, pronto todo quedó arreglado. Sus maniobras eran secretas pero no pasaron desapercibidas para Miguel II, que decidió visitar al presidente de la Nación, Robert Ball, para disuadirlo de sus planes. No consiguió audiencia y en vez de ello, lo derivaron al asesor científico de la presidencia. Los secretarios de Bradbury se apresuran a atender a la inesperada vista. Muy pronto estaba en el despacho de Bradbury sentado frente a él.
Su Santidad, es un verdadero privilegio para mí que esté usted aquí. Pero, dígame ¿A qué se debe el honor de su visita?
No me haga perder tiempo con cortesías fingidas. Sabe usted muy bien cuál es el motivo —. Respondió Miguel II, impaciente.
Quiere ir al grano. Muy bien, lo complaceré. Es muy sencillo: el Director de uno de los proyectos científicos y tecnológicos más importantes de la Nación está siendo continuamente presionado, le falta personal capacitado y me ha sugerido utilizar a algunos individuos capacitados aunque indeseables para resolver el problema. Estaban en el Corredor de la Muerte, un detalle menor que me apresuré a arreglar: hablé con el presidente y lo convencí de que los perdonara. Aún no lo ha hecho, pero lo hará.
Entonces, aún hay tiempo para rectificar...
¿Por qué lo haría? Se trata de una maniobra beneficiosa para todos.
¿Liberar criminales es beneficioso? ¿Para quién?
Sólo son un pequeño grupo y no estarán libres. Más bien será una especie de condena a trabajos forzados de por vida.
¿No entiende el mal ejemplo que dan?
En verdad, la gente tendrá su ejecución edificante. Una producción cinematográfica que haría palidecer de envidia a muchos productores reemplazará a la verdadera— Una mueca parecida a un sonrisa se dibujó en su rostro —.Entienda, Su Santidad: el perdón no será hecho público..., sería un golpe terrible para el gobierno si la gente lo supiera.
Miguel II parpadeó, sorprendido. Esa charla lo incomodaba. Sabía que el enojo no serviría de nada, que no podía imponerle su visión, tan sólo tenía la persuasión como arma. Pero no esperaba una postura tan cínica por parte de su interlocutor.
Quisiera verlos — balbuceó —, hablar con ellos... si no supone una dificultad para usted...
Richard observaba atentamente a su interlocutor. Lo divertía el evidente nerviosismo de su visitante.
No tengo objeciones. Ordenaré que los traigan aquí.
El Sumo Pontífice asintió, pensativo.
Imagino que intentó hablar con el presidente — comentó como al descuido, Bradbury.
Sí — respondió cansadamente Miguel —. Lo más lógico era hablar con la cabeza de todo y evitar intermediarios. Pero se me dijo que los asuntos científicos están mejor en manos de especialistas y que el presidente prefería que hablase con usted.
Richard Bradbury sonrió, pero no dijo nada.
No es esa la postura oficial de su gobierno — Señaló indignado el Papa.
Oh, bueno, hay que hacer concesiones de cara al público. La gente desconfía, y con razón, de la ciencia y la tecnología; y aún más, de los científicos. Pero no es práctico prescindir de los que saben, aunque se hable mal de ellos en los discursos.
Realmente maquiavélico.
Tal vez debería hablar con Sagan. El realmente cree en la ciencia. Y cuando habla lo hace con una convicción y un entusiasmo tal que resultan conmovedores. Por suerte yo soy más cauto y mantengo prudente distancia de tales idealismos.
El demonio siempre habla con palabras dulces a los oídos de los incautos... No comprendo como dejan en manos de un ateo la construcción de la Ciudad.
No sé de que habla. El doctor Sagan es la persona más apta para el cargo. No esperará que elija a mis subordinados en base a rumores sin fundamento.
No esperaba de parte de usted una ceguera tan obstinada.
Su Santidad, no sea tan duro. Somos buenos cristianos, seguimos los mandamientos...¿ Acaso el Señor no emplea a los demonios en el infierno, para castigar a los réprobos? Lo importante es a quién servirán sus acciones...
Supongo que hubo más reclamos por parte de otros religiosos.
¡Claro que sí! Tuve que discutir con varios ministros, un par de rabinos, un pastor... Si la presión por avanzar en la construcción de la Ciudad no fuera tan grande ya hubiésemos renunciado.
Pero ¿Por qué la Ciudad es tan importante?
Seguridad. La seguridad está en juego. Desde que existe la Confederación las amenazas que creíamos olvidadas han vuelto. Y la aparición de los “brights” lo confirma. El enemigo puede camuflarse entre nosotros sin que lo notemos. Es deber del gobierno proteger a los vecinos decentes y darles seguridad.
¿La Ciudad resolverá eso?
Será un refugio para la gente decente. — luego, en tono confidencial, agregó: — ¿Sabe usted? Muchos de los que ahora se enojan por nuestros métodos nos pedirán a gritos ser admitidos en la Ciudad.
Bueno — carraspeó el religioso—, la tradición me impide abandonar el Vaticano. No podría hacerlo aunque quisiera.
Tal vez la Confederación decida por usted.
Miguel II se puso pálido:
¡Esos bárbaros!, no se atreverían... Además — reflexionó —, ustedes prometieron ayudarme en caso necesario.
Sin duda — lo tranquilizó Richard Bradbury — Pero hay que estar preparado para todas las contingencias...
Luego en tono amistoso agregó:
Para la Nación es un orgullo que uno de sus hijos haya sido investido como Sumo Pontífice por primera vez en la historia.
Claro, claro — murmuró algo cohibido el Papa — Aunque nuestros fieles son una minoría en la Nación...
Protestantes y católicos adoramos al mismo Dios de diferentes modos. Pero somos todos cristianos.
Miguel II se revolvió, incómodo. No le gustaban del todo esas palabras, pero no quería ofender a su interlocutor con una respuesta directa.
Por eso quizá fue un gran alivio para él saber que los “brights” habían llegado. Al fin los vería frente a frente. Sentía curiosidad.

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