Diletante y en rebeldía

Diletante y en rebeldía
Algunas cosas no las sabe,otras las ignora, y la mayor parte ni siquiera las sospecha

lunes, 12 de marzo de 2012

Ulises: Comienzan las negociaciones

    Ulises entró al cuarto de vigilancia: allí lo esperaban dos de sus hombres.
    ¿Alguna noticia, Jake?
    Ronald Cox dice que quiere hablar con usted. No aceptó hablar con ninguno de nosotros. Solo lo quiere a usted.
    Bien. No quiero decepcionar al reportero estrella de la News. La próxima vez que llame, comunícame con él. Tendrá su oportunidad...
    Está bien. Lo haré.
    Después de mirar unos instantes los monitores Ulises se retiró. Tenía que hablar con la señora Teller una vez más.
    Al fin vuelves — Se quejó la señora Teller — ¿Saliste a dar un paseo?
    No exactamente. Y tengo interesantes noticias.
    Me parece difícil de creer...
    Ronald Cox hablará conmigo ¿Estoy en la cumbre, no crees?
    Y pronto caerás.
    No tengo esa intención. Al menos no tan pronto.
    En ese momento Jake entró en la habitación:
    Se ha comunicado.
    Bien. Deja que yo hable con él.
    Jake le pasó el teléfono y Ulises lo tomó.
    Soy Ulises. Pregunte lo que quiera. Estoy listo.
    Primero quisiera saber si comprende cuál es su verdadera situación. Lo único que impide que los soldados entren a sangre y fuego es la firme voluntad que tiene la cadena News de proteger la vida de la señora.
        —Lo sé. Por eso la elegí como rehén.
    No, no lo entiende. Usted no saldrá vivo de aquí. Y si sigue insistiendo tal vez no logre salvar a ninguno de los suyos.
    Ulises rió a carcajadas.
    Cómo negociador es usted un desastre. Y no digamos ya como periodista.
    Solo quiero dejar en claro la situación para que no se haga falsas ilusiones. Ahora dígame qué quiere.
    Queremos que se obligue a la señora a devolver parte de la isla para que pueda ser parcelada y repartida entre la población local, dando prioridad a las mujeres con niños a su cargo.
    Veo que se ha resignado bastante. Pero no puede esperar que se le quite tierras a una ciudadana decente para dar refugio a niños desharrapados y mujeres sucias. Si pagan su pasaje los podemos llevar al continente en barco.
    Piense alguna solución más plausible. Yo tengo bastante paciencia.
    Yo no. Déjeme hablar con la señora.
    Ulises manipuló unos controles para la voz de la señora se oyera a través del teléfono.
    Vamos, salude.
    Grace Teller obedeció.
    Soy yo … Soy Grace Teller. Estoy bien..., al menos por ahora.
    Pero eso ya lo saben — Agregó Ulises —. Ahora sabrán algo más. He colocado explosivos en toda la mansión. Y tengo el detonador. Si por algún motivo yo llegase a soltarlo los explosivos se activarían. Les conviene estar lejos cuando eso ocurra.
    ¿Qué espera lograr? No saldrá vivo de aquí — respondió la voz en el teléfono.
    Ulises rió desdeñosamente y cortó la comunicación.
    ¿Acaso quieres morir? — Preguntó la señora Teller.
    Quiero vivir y lo haré mientras pueda. Pero no como usted, a cualquier precio.
    Pero no tiene por que incluirme a mí. Yo no quiero morir. Si eres un loco suicida ¿Por qué no te matas y ya?
    Tengo mis motivos. ¿Qué va a hacer? ¿Rogar por su vida? No pensé que caería tan bajo. Aunque no me sorprende mucho. No se puede esperar mucha dignidad de alguien que vive atada a una silla de ruedas...
    Uno se acostumbra a todo. Lo importante es vivir. Algo que usted no aprecia, pero,¿qué hay de los otros? Sus perros fieles morirán con usted...
    Jake la miró con desprecio. Ulises se encargó de responder.
    Los recluté para una misión suicida. Nunca los engañé. Ellos sabían a qué venían.
    Pero la naturaleza humana es tan variable — Comentó Grace — tal vez hayan cambiado de opinión.
    ¡Mujeres, siempre sembrando cizaña! — proclamó Jake con una mueca de asco.
    ¿Por qué no debería hacerlo? — Señaló Grace — Es mi vida la que está en juego.
    ¿Y qué vale su vida? Usted no tuvo hijos, ni los tendrá. ¿Para qué sirve una mujer que no puede ser madre?— le recriminó Jake.
    Los ojos de Grace relampaguearon de ira.
    No fue mi decisión..., esta enfermedad me lo impidió.
    Debió suicidarse.
    Eso es de débiles y de cobardes. Como ustedes...
    Ulises meneó la cabeza con gesto de reprobación y ordenó:
    Jake, regresa al cuarto de vigilancia.
    Jake se retiró en silencio. Ulises se disculpó con la señora Teller.
    Lo lamento. Jake es un poco estúpido. Su única virtud es la lealtad.
    Es mejor que no tener ninguna virtud — Sentenció Grace.
    Tal vez. Pero yo los elegí entre los peores para no sentirme culpable por sus muertes
    Al menos dígame porque hace esto.
    Si le digo que lo hago por vanidad, ¿me creerá?
    Jake no es el único estúpido aquí.
    El teléfono de Ulises sonó en ese momento.
    ¿Qué sucede, Jake?
    Hay otro llamado. Esta vez es una mujer.
    La sorpresa de Ulises fue indisimulable:
    ¿Alguna periodista?
    Jake hizo una mueca de desprecio al manifestar:
    Es la esposa de Manuel.
    Comunícame con ella de inmediato. Pero a través del videoteléfono. Quiero ver su rostro.
    Luego de cortar la comunicación Ulises sacó el detonador de su bolsillo. Lo miró y lo volvió a guardar sin soltar en ningún momento el interruptor.
    Grace Teller estaba aterrada. Sabía que existía esa posibilidad, pero nunca la tomó en serio . Creía que de algún modo u otro se salvaría...
    Esto no es justo. Soy inocente. Yo no debería morir...
    Ser inocente es tan difícil hoy en día...
    La pantalla del videoteléfono se encendió. Allí estaba ella. Ulises contuvo la respiración al verla. Era una mujer madura (tenía ya cincuenta años) y su cabello rojo estaba ligeramente despeinado, pero seguía siendo hermosa. Cuando habló, lo hizo con voz clara y firme:
    Lamento que nos volvamos a ver en estas circunstancias.
    También yo. Dígame, ¿está Ronald Cox con usted?
    Ciertamente.
    La cabeza cana de Ronald Cox se asomó unos instantes. Su rostro apergaminado exhibía un significativo gesto de disgusto.
    Ulises asintió:
    Entonces sabrá que es lo que pido.
    Déjeme ver si entendí correctamente lo que Cox me explicó: quiere que devuelvan parte de las tierras de la isla a los habitantes civiles de la isla para que éstos puedan construir sus viviendas allí. El planteo me parece justo pero sería conveniente negociarlo con la propietaria legal, que es Grace Teller.
    Ulises sonrió tristemente:
    Ella se ha negado terminantemente. Además de que la legalidad de su posesión es discutible. Solo le pertenece parte de la isla. La demás la ha ocupado de prepo. Pero eso ya debía saberlo. Supongo que usted y Manuel no son tan distintos de Ronald Cox.
    Al oír su nombre Cox intervino, muy ofuscado:
    Debería agradecer si consigue que lo envíen a una prisión de máxima seguridad, junto con sus secuaces. Y en cuanto a la gente de la isla: deberían saber que no hay nada gratis en este mundo.
    Ya lo saben. Y no he pedido nada para mí: si quiere ejecutarme para satisfacer su ego, por mí no hay problema. Pero espero que tengan la decencia de fingir que me juzgan, aunque me hayan declarado culpable de antemano.
    Pide demasiado. No negociamos con terroristas.
    No diga estupideces. Usted ya está negociando, aunque no muy hábilmente—.Le reprochó Eva y luego, dirigiéndose a Ulises le dijo:
    Necesito que confíe en mí. En verdad quiero ayudarle.
    Ulises titubeó unos instantes antes de contestar:
    Y yo quiero ayudar a la gente de esta isla. No pienso abandonarlos a su suerte.
    Creo que eso puede resolverse. Deme un poco de tiempo.
    ¿Tiene que pedirle letra a Manuel?— ironizó Grace.
    Ulises la fulminó con la mirada, pero “la señora” no se inmutó.
    Eva Russo sonrió con desdén ante el comentario. Luego dirigiéndose a Ulises explicó:
    Debo hablar con el señor Cox y también creo que hará falta consultar con su presidente, pero le aseguro que mi objetivo es ayudar a la gente de la isla.
    Tendré que confiar en su palabra.
    Lo mismo digo yo—. Señaló ella.
    Ulises apagó el videoteléfono. Parecía muy cansado. Dejó la habitación sin decir nada. La señora Teller quedó sola apenas unos instantes. Después vio como Jake entraba en la habitación y con el mayor de los desprecios se instalaba frente a ella para cumplir su papel de eficiente enfermero. Grace Teller cerró los ojos fingiendo dormitar. La presencia de Jake la intimidaba y prefería no tener que verlo.
    Mientras tanto, en el aeropuerto, María Laura Rodríguez trinaba de ira. Después de varias horas de entrevistas con gente detestable tratando de parecer amable, ya estaba harta. Por más que lo intentó no consiguió una entrevista con Ulises.
    Luego de enviar algunos minutos de vídeo con algunas entrevistas, que el canal Solo Noticias transmitiría una y otra vez con música de película de acción, se enteró de que debía permanecer en la isla para conseguir más datos.
    A ese enojo previo se le sumó el fastidio de ver llegar a Pedro Brunner, muy tranquilo, caminando despacio.
    ¿Dónde estuviste? ¿Conseguiste entrevistar al terrorista?
    Pedro sonrió y le contestó:
    No tuve tanta suerte: hablé con gente que conoce a Ulises, y también con integrantes de grupos de ayuda humanitaria...
    ¡No me interesa lo que hagas! Solo quiero asegurarme de que no te me adelantes. Quiero mostrar como se llevan detenido al terrorista o en su defecto, que un testigo presencial me narre su ejecución.
    Me alegra verte llena de buenos sentimientos—ironizó Pedro. Si consigo una entrevista con él te avisaré...
    Eso no sería profesional.
    Pedro se encogió de hombros y tomó su teléfono para hacer una llamada. Ella prestó atención, pero pronto se dio cuenta de que no diría nada confidencial. Era la misma clase de informe provisional que ella había enviado para su canal.
    La producción estuvo tratándose de comunicarse contigo ¿Estuviste cazando ardillas?
    No creo que existan ardillas en esta región, querido Eduardo. El clima no es el indicado. Fui al otro extremo de la isla y allí no hay señal.
    ¿Conseguiste información importante? No me digas que conseguiste entrevistar a la señora Teller en persona, porque no te lo creeré.
    Entrevisté a algunas personas. Lamentablemente no logré comunicarme con Ulises, así que son testimonios de segunda mano. Te enviaré las grabaciones para que las pases en el programa.
    ¿Cuándo regresas?
    Creo que será mejor que permanezca aquí mientras dure el secuestro. Quizá mañana consiga mejores entrevistas. De todos modos, no creo que esto dure más de una semana...
    No hagas ninguna tontería.
    Ya me conoces...
    Por eso te lo digo. Ah, Victoria quiere que le traigas un regalo cuando vuelvas.
    Veré que puedo hacer. Recuérdale que me prometió regar las plantas. Y no dejes que mire tanta televisión mientras no estoy, tiene que estudiar.
    Nos vemos en casa..., dentro de una semana, supongo — rió Eduardo.
    En ese momento, en la capital de la Confederación, el presidente Manuel Francisco Ramírez daba una conferencia de prensa para explicar la situación provocada por el secuestro de “la señora” y en particular, el papel que Eva Russo cumplía en la negociación. Había una multitud de periodistas: entre ellos Martín Esteban Castro, la nueva adquisición del canal Solo Noticias y Sandra Díaz, del canal estatal. Apenas Manuel terminó su exposición, Martín Castro le preguntó a boca de jarro:
    ¿No le parece irresponsable mandar a su mujer a una misión tan compleja,sabiendo que no está capacitada?
    Manuel sonrió ampliamente antes de contestar:
    La secretaria general de la Confederación es una persona muy experimentada en este tipo de negociaciones. Su objetivo es lograr una salida que no implique pérdida de vidas humanas.
    ¿Qué puede ofrecer en concreto al secuestrador, me refiero a Ulises, para que éste quiera escucharla con más interés del que ha mostrado con las autoridades locales? — preguntó a su vez Sandra Díaz.
    El trabajo de Eva Russo no será tanto hacer ofrecimientos propios como acercar las posiciones: tanto Ulises como el gobierno de la Nación deberán comprender que es necesario ceder algo para el diálogo progrese.
    Una mueca de desprecio asomó al rostro de Martín. Rápidamente intervino, cortando en seco la pregunta de otro periodista.
    ¿No le parece un infantilismo intervenir en un asunto interno de la Nación y propiciar negociaciones con un terrorista?
    Dadas las circunstancia, tanto Eva como yo consideramos la necesidad de prestar nuestro apoyo en la negociación. Lo de no negociar es una fórmula grandilocuente pero inútil cuando hay vidas de por medio. No deseamos crear mártires.
    La ira de Martín se incrementó. Sin embargo, se contuvo y dejó que otros reporteros preguntaran. Alejándose del grupo de periodistas, sacó su celular del bolsillo para contestar la llamada que lo había interrumpido (lo tenía en modo vibrador).
    Magdalena, ¿qué es lo quieres? Estoy en una conferencia de prensa...
    Ya lo sé. Te estuve viendo en la pantalla de mi celular. Decidí interrumpirte antes de que hicieras el ridículo más espantoso.
    Solo hago mi trabajo.
    Sobreactúas. Es lo que pasa con los traidores y los conversos.
    ¡No soy un traidor! — dijo Martín esforzándose por mantener bajo el volumen de su voz, pero con un característico tono agudo que delataba su nerviosismo—. Deja de decir eso. Después de todo, lo que yo digo no difiere de lo que tú dices en tu programa.
    Ah, querido..., pero es que yo lo digo por convicción. Tú solo eres un payaso enojado, por eso exageras tanto. Si me disculpas, debo volver a mi programa.
    Tras decir esto, cortó la comunicación dejando a su interlocutor rojo de furia. Para calmarse, Martín escribió una furibunda diatriba contra Manuel, que posteó en varias redes sociales.
    Muy lejos de allí, en la capital de la Nación, Robert Ball escuchaba a Eva sin mucho interés.
    Sería conveniente hacer un rápido censo para conocer cuántos son, para determinar que extensión de tierras necesitarán para su asentamiento y paras producir alimentos para su subsistencia.
    Usted solo busca fastidiarme ¿Verdad?— le recriminó el mandatario—. Como si no fuese suficiente la presión a la que estoy sometido por parte de la cadena News, cuyo Director General vino personalmente a dictarme condiciones.
    Eva Russo sonrió con dulzura y respondió:
    Tal vez yo pueda ayudarlo a salir del brete en que está metido.
    Robert Ball se rascó la cabeza, pensativo.
    ¿Qué espera lograr usted con eso?
    Una solución pacífica al conflicto.
    Es solo un grupo de delincuentes. No hay un conflicto.
    Me refiero a las demás personas que viven en la isla. Hay un conflicto de intereses entre el derecho a la propiedad privada de la dueña y el derecho a una vivienda digna de los habitantes.
    No existe tal cosa como el derecho a la vivienda: es un bien de mercado sujeto a la oferta y la demanda.
    Su argumento omite que sigue teniendo un problema. No sabe qué hacer con esa gente. Aunque eliminase a Ulises, el problema de fondo continuaría.
    Robert Ball frunció el ceño. Permaneció unos minutos en silencio, pensando. Luego preguntó:
    ¿Qué sugiere que haga?
    Empiece por el censo. Necesitamos datos concretos sobre los cuáles trabajar.
    ¿Y después?
    Hable con Ulises. Escúchelo.
    No pienso rebajarme a ese nivel.
    Ya es tarde para eso. Si no quiere hablar directamente con Ulises, envíe a uno de sus ministros.
    ¿Se refiere al secretario de Defensa?
    ¿Sabe que la isla pertenece a su país, verdad?
    Robert Ball lanzó una estruendosa carcajada antes de responder:
    Por desgracia. En fin..., creo que le encargaré la charla al secretario de Seguridad Nacional, Milton Riker .
    Mientras tanto debería hablar con... ¿Tiene algo parecido a un Departamento de Vivienda?
    Claro que sí. Hay una secretaria de Vivienda. No recuerdo su nombre. Haré que la llamen...
    Entonces lo dejo para que se encargue. De seguro estará muy ocupado en la próximas horas.
    Sospecho que si rechazo sus propuestas seguirá fastidiándome— dijo él con un brillo malicioso en los ojos—. Así que puede decirle a su delincuente que tendrá lo que quiere.
    Lo haré— respondió ella con tono neutro.
    Ulises recibió la noticia del acuerdo con cierta satisfacción. Pero advirtió a sus interlocutores que no se entregaría hasta que no se parcelara y entregara las tierras de la isla a las personas cuya situación era más urgente.
    Ya hemos cedido demasiado— rezongó Ronald Cox.
    — “La señora” está muy bien cuidada. No se preocupen—. Dijo Ulises con cierto sarcasmo.
    Eso forma parte del trato, Ulises. No lo olvides— le recordó Eva Russo.
    Ulises asintió en silencio. Después apagó el videoteléfono y miró a Grace Teller.
    Deberá soportar nuestra compañía un tiempo más— comentó en tono burlón.
    Quisiera saber porqué hace todo esto. Irá preso y lo más seguro es que sea ejecutado.¿Para qué?¿Para qué ese político mediocre se pavonee en su funeral?
    ¿Se refiere a Manuel? Nadie se sacrificaría por él. Es un político acomodaticio que morirá de viejo rodeado de hipócritas homenajes póstumos, pero nadie lo extrañará de verdad —salvo quizá, su esposa— y hasta eso es discutible.
    Grace observó sorprendida como el brazo izquierdo de Ulises temblaba con cierta violencia. Él pretendió no darse cuenta.
    ¿Qué le sucede?
    No es de su incumbencia. Si me disculpa, me retiraré. Enviaré a Jake para que la cuide.
    Grace quiso protestar, pero Ulises se fue sin oírla. Inmediatamente después, Jake ingresó en la habitación: con la mirada llena de desprecio y su fría eficiencia características. La mujer cerró los ojos y fingió dormir.
    Horas después, Ulises recibía la llamada telefónica de Milton Riker:
    Y bien, ¿qué es lo quiere?
    Ya lo he dicho antes: la entrega de parcelas de tierra a los habitantes de la isla. Si les aseguran un nuevo lugar donde construir sus casas, yo me retiraré y dejaré a “la señora” en paz.
    No está en mis atribuciones hacer eso. Yo solo puedo tramitar las condiciones de su rendición.
    Sino resuelven los problemas de mi gente, no habrá trato posible. Hasta un cabeza hueca como usted debería entenderlo.
    Esta no es la forma correcta de hacerlo...
    Dígame cuál es, entonces.
    Libere a la señora, y hablaremos después.
    Una vez que ella esté fuera de peligro me capturarán y me enviarán al cárcel, si tengo suerte. Y se olvidarán por completo de la gente de la isla.
    Debió pensarlo antes.
    Lo pensé y decidí jugarme todo a esta carta. Si no tiene otra cosa más para decir, esta conversación ha terminado.
    Milton Riker permaneció en silencio mientras Ulises cortaba la comunicación.

5 comentarios:

  1. Este comentario no debería ir acá...pero va. La casualidad me ha traído a tu blog. Y me gustó. Una pingüina doble: k y linuxera. Buena combinación. Tanto me gustó que me dio ganas de incluirte en mis recomendaciones de blog. Pero eso lo decidis vos. Si te parece, chiflá que te agrego. Si no, está todo casi bien, porque me daría un poco de tristeza. Y si te parece, no espero que la acción sea recíproca, puesto que mi blog es una patología ecléctica.

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  2. Incluyame sin problemas, yo echaré un vistazo por su blog también...

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  3. La verdad que me deja pasmada este relato. Es una ficción que debería publicar.
    Ni qué hablar de las similitudes con la realidad...el derecho de muchos atropellados por el poder, la ambición y el odio.
    Un fuerte abrazo.

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    Respuestas
    1. Me alegra que le haya gustado. Gracias por su comentario.
      Y sí, no hay que escarbar mucho para hallar un empresario cuya riqueza se base, al menos en parte, en la usurpación legalizada.

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