Diletante y en rebeldía

Diletante y en rebeldía
Algunas cosas no las sabe,otras las ignora, y la mayor parte ni siquiera las sospecha

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Historias de la Confederación: un terremoto en "la isla", que no es la isla maldita pero lo parece

Ulises había muerto y también Grace Teller. La isla estaba en paz. Seguía siendo tan pobre como siempre, pero mucha gente había accedido a tierra y vivienda propia.
Con ayuda del ICTI y el ICTA se estaban desarrollando huertas comunitarias para abastecer de alimentos a la población, un centro de potabilización de agua y cocinas solares para la comunidad.
Robert Ball dejaba hacer a la Confederación, consciente de que no tenía chances de reelección y de que ,en todo caso, el problema sería de su sucesor.
Pero entonces se produjo un terremoto. Y no un terremoto cualquiera, sino el peor que hubiese sufrido la isla en décadas.
Destruyó lo poco que había sido construido. La catástrofe humanitaria era enorme. La conmoción de la gente fue evidente y se reflejó en las redes sociales a nivel mundial.
Muy pronto, ONGs de toda clase y grupos de voluntarios de todo el mundo acudieron a la isla.
Rápidamente el presidente Manuel Ramírez se comunicó con su par de La Nación, para darle sus condolencias y ofrecer ayuda.
— Enviaremos al ejército— Fue la respuesta.
— ¿Cómo equipo de rescate?
—Claro que no. A restaurar el orden. Habrá robos y crímenes como en toda catástrofe.
—No lo dudo. Pero esa gente necesita agua potable, comida, mantas, refugios, ayuda para la reconstrucción, no armas, ni soldados.
Robert se rió.
— Que se organicen entre ellos. Nosotros cuidaremos que no roben y que no se maten… demasiado.
— La Confederación puede ayudar. Ya tenemos equipos trabajando en el terreno.
Robert suspiró, resignado.
— Si no es su esposa, es usted ¿Por qué insisten en molestar? Por suerte yo ya me voy.
Haga lo que quiera. No lo detendré, pero no espere mi ayuda.
Manuel sonrió ampliamente.
— Nunca esperé tal cosa. Sospecho que los habitantes de la isla, tampoco.
Robert Ball suspiró. No veía la hora de irse.
Después de cortar la comunicación, Manuel miró a Eva. Ésta había permanecido en silencio hasta entonces, jugando con su cabellera rojiza.
— Temo que agredan a nuestros voluntarios. Recuerda que las Madres están allí.
— La gente de la isla es pacífica — comentó Manuel. Sus miradas se cruzaron.
— Sabes que no hablo de ellos—. Dijo Eva.
Manuel asintió. Ciertamente el ejército de la Nación no era de fiar.
— Debo ir allí—.Dijo ella.
— Sí, tienes razón. La situación requiere de una figura fuerte, con personalidad, para liderar el proceso de reconstrucción.
— Y no creo que el presidente Ball se haga cargo.
Los ojos verdes de Manuel tenían un brillo irónico cuando dijo:
— Su sillón es muy cómodo.
Ella rió suavemente. Él acarició con dulzura su mejilla.
— Cuídate — le dijo.
Eva asintió y tras despedirse de él con un beso, salió rumbo al helipuerto presidencial.
En un aeropuerto cercano a la Capital de la Confederación, Montevideo, Eduardo García estaba despidiéndose de su marido.
— Ten cuidado.
— No tienes que preocuparte. El terremoto ya pasó.
— Dicen que hay mucha violencia en la isla. Y está el ejército de la nación, Pedro. Quiero material sobre todo lo que pase , pero no a costa de que corras peligro.
Pedro sonrió.
— Tendré cuidado, querido. Y no debes creer todo lo que veas en la tele. He estado allí antes , y son gente muy pacífica.
Eduardo no dijo nada, pero lo abrazó. Pedro le susurró al oído:
— Esta vez no podré traerles regalos.
— Tus regalos son pésimos…
—¿No te gustó el jaboncito de hotel que te traje la última vez?
Eduardo no contestó. Lo miró con aire de burla y le respondió:
— Sabes que no.
Pedro se rió y lo besó.
— Algún día te sorprenderé. Por ahora, acuérdate de regar mis plantitas.
— Lo haré.
Se miraron nuevamente:
— Te amo— dijo Pedro.
— Yo también…
Eduardo lo besó rápidamente, y luego dijo:
— Debes irte.
Pedro asintió y se fue. Poco después estaba a bordo del avión que lo llevaría a la isla.
Cuando llegó a su asiento se encontró con María Laura Rodríguez que hizo una mueca de fastidio al verlo sentarse junto a ella.
— Pensé que enviaban periodistas a cubrir la noticia.
— Lo mismo digo yo, querida. La decepción es mutua.
Ella frunció el ceño y se concentró en su laptop. No podía conectarse a Internet, pero al menos repasaría sus notas. Pedro hizo lo mismo. No se hablaron en todo el viaje.
El aeropuerto de la isla estaba en condiciones precarias, pero funcionaba normalmente.
Un contingente de periodistas llegó y rápidamente se trasladaron al interior de la isla, cada uno priorizando diferentes lugares.
Ronald Cox prefería trabajar desde el hotel (el único de la isla) y mandar a su camarógrafo a recorrer la isla.
María Laura buscaba gente que le hablara de saqueos y violencia, Pedro Brunner prefería entrevistar a los voluntarios que ayudaban a sacar escombros y a rescatar a las víctimas que aún había sepultadas bajo los escombros.
Había voluntarios de todas partes del mundo, pero quién coordinaba, de facto, era la Confederación.
El ejército de la Nación había ocupado posiciones estratégicas de la isla, reestablecido las comunicaciones y puesto nuevamente en funciones al aeropuerto. En cambio tenía prohibido asistir a los heridos o dar alimentos. La orden era cumplida a rajatabla.
En la Nación, Robert Ball recibía informes de lo sucedido en la isla, con creciente fastidio. Las ONGs presentes en la isla le reclamaban una actitud más proactiva.
— El ejército ya ha hecho demasiado ¿Qué más quieren? — se dijo Robert.
— Son parásitos, sólo saben pedir — fue la respuesta de Milton Riker.
— Eso es obvio ¿qué hay de Ronald Cox?
Milton sonrió:
— Llegó primero que nadie. Nuestra población ya está viendo escandalizada la clase de salvajes que son en la isla.
— Bien, muy bien. Es un placer contar con alguien tan profesional.
— Siempre que esté de nuestro lado — le recordó Milton.
Robert Ball miró a su interlocutor con gesto sombrío. Sabía que él tenía razón, lo sabía mejor que nadie. Milton cambió de tema:
— ¿Qué hay de la Confederación?
— Déjalos jugar al buen samaritano. No molestan.
Los que no tomaron nada bien la intervención de la Confederación fueron los diputados, que exigieron explicaciones a Milton Riker. Este acudió y les explicó medianamente la cuestión. Recibió una andanada de insultos. Cuando el presidente de la Cámara pudo reestablecer el orden, comenzaron las preguntas.
—¿Por qué dejan que invadan nuestro país?
— No hay un ejército de por medio, solo ayuda humanitaria.
— Sí, claro. Ahora dirá que lo hacen por buena voluntad.
— Ignoro las motivaciones personales de Manuel y Eva.
—¿ No podríamos ayudarlo nosotros con nuestros recursos? Después de todo son nuestros compatriotas — preguntó con ingenuidad el único diputado independiente de la cámara.
Las risotadas e insultos acallaron su voz.
— Hacemos lo legalmente posible— Fue la respuesta de Milton—. No somos socialistas ni ninguna cosa rara. La gente tiene que sobrellevar las catástrofes por sí misma.
También en la Confederación, Manuel debió salir a dar explicaciones.
Dio conferencia de prensa. Fue una multitud de periodistas: entre ellos Martín Esteban Castro de Solo Noticias, Magdalena Ruiz, de Radio Magazine, y Sandra Díaz, del canal estatal. Apenas Manuel terminó su exposición, Martín Castro le preguntó bruscamente:
—¿No le parece una irresponsabilidad intervenir en un asunto interno de la Nación? ¿La Confederación no tiene suficientes problemas internos como para meterse en asuntos ajenos?
—Es una tarea humanitaria. La Confederación llega años auxiliando a la isla. Pero no somos los únicos, hay gente de todos los países. El que tengamos nuestros problemas no nos impide ser solidarios.
— ¿Pero no sería más lógico que la Nación dirija las tareas? — Preguntó Sandra Díaz.
— Lo sería, pero prefieren limitarse a tareas de seguridad. Han sido muy útiles en un primer momento, pero su participación se ha diluido.
— ¿Por que envió a su esposa, nuevamente? — Ironizó Magdalena.
— Creo que su presencia será muy positiva para nuestras organizaciones. Además , es su función — Respondió Manuel, muy tranquilo.
La conferencia continuó, las preguntas se repitieron varias veces y Manuel Ramírez las respondió sin inmutarse. Martín Castro no pudo lucirse como quería, y enojado, publicó en su blog una sarta de diatribas contra el presidente. Magdalena, en cambio, se las arregló para lamentar elípticamente que el presidente fuese solidario con los isleños y no con los habitantes de la Confederación.

Continuará...

No hay comentarios:

Publicar un comentario