Diletante y en rebeldía

Diletante y en rebeldía
Algunas cosas no las sabe,otras las ignora, y la mayor parte ni siquiera las sospecha

miércoles, 9 de julio de 2014

Independencia, autonomía y la historia interminable.

En un mundo cada vez más transnacionalizado (lo que en sí mismo no tiene porque ser algo malo, lo malo es que las empresas juegan en la liga mundial y los estados en la local, sin poder controlarlas realmente), la idea de independencia puede sonar a entelequia.
Más correcto sería hablar de autonomía, de poder tomar decisiones en favor del pueblo, superando para ello presiones de múltiples y egoístas intereses que insisten en poner sus privilegios por encima de los derechos de los demás.
Pero la capacidad de ejercer esa autonomía no depende solo de una cuestión de voluntad, como quieren hacernos creer los vendedores de libros de autoayuda, los neoliberales extremos (sociópatas confesos), y, curiosamente, la parte de la izquierda que reniega del peronismo como si de la peste se tratase, en espera de que si este desaparece las masas saldrán a la calle a hacer la revolución proletaria universal.
La batalla por la autonomía es una lucha por el poder. La lucha por quitarle a los poderosos una tajada de poder para usarlo en beneficio de las mayorías. Y de las minorías cuyos derechos fueron conculcados por prejuicios irracionales, y que siempre fungieron (y fungen) de chivos expiatorios ante las situaciones de crisis.
Porque nada gusta más a los poderosos que darle a las mayorías un enemigo fácil, el malo de la película, para que se distraigan mientras la riqueza fluye de abajo para arriba, porque la ley de gravedad no se aplica al dinero.
Y ese poder no se conquista de una vez y para siempre. No hay "Palacios de Invierno" ni "Bastillas" que nos garanticen la victoria final.
En este momento la lucha por la autonomía tiene como enemigo mayor a los fondos buitres, y a políticos y jueces cómplices. Y aunque suene heroico, en la práctica hay mucho de tira  y afloje, y de pragmatismos que no lucen bien en cámara.
No hay garantía de victoria. Lo único seguro es que la resignación no gana derechos.
Un día como hoy, hace casi 200 años, un grupo de hombres declaró la voluntad de nuestra nación de ser libre y soberana.  Hoy sabemos que eso era solo el comienzo...porque la historia no termina, por más que mil fukuyamas lo proclamen.




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