Diletante y en rebeldía

Diletante y en rebeldía
Algunas cosas no las sabe,otras las ignora, y la mayor parte ni siquiera las sospecha

jueves, 28 de agosto de 2014

La naturaleza humana ¿eppur si muove?


La inmutabilidad de la naturaleza humana es el leiv motiv de todo creyente ferviente de posiciones de derecha. Nada le estremece más que la posibilidad de que algo pueda cambiar- sobre todo si es para mejor- en el mundo.
Lo que fue, debe ser, y será, y anatema al que se le oponga.
Pobres hubo siempre, decía Menem...
Guerras habrá siempre, dicen otros...
No existe nada como el precio justo. Esa es una falacia, se regocijan economistas y empresarios...Solo existe la ley de la oferta y demanda, esas sí naturales e inmutables, a pesar de su evidente carácter ideal, ya que rigen para mercados de competencia perfecta, de cuya existencia concreta no se ha anoticiado nadie en el planeta Tierra (si algún extraterrestre detecta uno, que avise).
¿Buitres? Naaa... es un prejuicio de gente envidiosa que no aprecia el papel de lo financiero y sus evidentes bondades...Cosas de malos perdedores.
No es falta de inteligencia ( aunque a veces sí). Ni siquiera ausencia de sentimientos hacia el resto de la humanidad (aunque no faltan excepciones).
Lean La Tabla rasa, de Steven Pinker. Es un libro delicioso, muy bien escrito, y muy inteligente.
No hay en él una defensa del sexismo, la desigualdad o la violencia (aunque sí un desprecio manifiesto hacia el marxismo, y a toda utopía)...
Es un pensamiento de derecha lúcido. Nada de sermones del Tea Party...
No carece de buenas intenciones. Reconoce que el hecho de que algo sea natural no lo hace bueno, ni deseable.
Me pregunto que hubiera pensado de la frase de Perón: los hombres son buenos, pero si se los vigila son mejores. Dudo que se haya enterado de ello. La imagen internacional de Perón es tan estereotipada y al mismo tiempo nebulosa, que es más probable que un taxista te explique las reglas gramaticales del latín clásico a que un científico yanqui te diga algo que no suene a panfleto sobre el peronismo.
Sería un gran error contestarle como ha hecho parte de la izquierda, negando la máxima. Imaginando personas infinitamente moldeables o naturalezas idílicas donde los leones practican la eutanasia a los ciervos y las tribus indígenas desconocen la guerra y las armas hasta que el malvado europeo las corrompe.
Una vez escribí que deploraba la extensión de certificados de bondad a las víctimas de crímenes y atropellos, como si solo fueran malas las bombas que caen sobre santos y ángeles.
Lo ratifico. Como dijo sarcásticamente la revista Barcelona hace muchos años, no todos los muertos palestinos por los bombardeos israelíes son niños. Pero eso no hace menos atroz el crimen.
No necesitamos idealizar a los árabes para defender sus derechos más elementales.
Los derechos humanos son los derechos de los humanos, no solo los derechos de los que nos caen simpáticos, y visten camisetas de Messi. Hay que decirlo bien alto y bien fuerte para que no nos apabullen la señora que se lamentó de los derechos humanos de “los delincuentes” (aunque solo de los pichi, jamás protestó por los privilegios del cura Grassi) o el sonsonete de que el niño israelí muerto admiraba a Messi.
Curiosamente, en sus diatribas contra las utopías pasa por alto algo elemental. No solo tendemos a luchar por recursos escasos, a veces violentamente, y ciertamente está en nuestra naturaleza amar más a nuestros hijos que a los ajenos. La solidaridad es frágil y requiere mucho esfuerzo, aunque a la larga sea más beneficiosa que el sálvese quién pueda.
Pero la necesidad de imaginar un mundo mejor también es parte de la naturaleza humana. Las utopías son tan omnipresentes como la guerra y la pobreza. Como dijo Carlos Mugica, los verdaderos ilusos son los que creen que se puede vivir sin utopías.
Curiosamente si algo distingue a un pensamiento de derecha lúcido es que choca siempre contra un muro. El sí, pero ¿a qué costo?
Todos los posibles costos de la reducción de la pobreza, la violencia, el sexismo, la xenofobia, le parece demasiado altos. Porque siente que lucha contra la naturaleza humana, inmutable, cruel y despiadada. Y no quiere lastimarse el meñique en el proceso.
Pero cuando se trata de luchar contra el impulso de formular utopías, recobra el ánimo de lucha, allí sí que vale la pena luchar contra la naturaleza humana o al menos, negarla.
Ve con sorna al izquierdista que propone cambios para hacer al capitalismo más humano, lo recibe como un cura al pecador que busca la absolución, y le tiene preparada la factura con los precios al día. Sencillamente no imagina la posibilidad de que el precio de no cambiar el sistema actual también puede ser alto.
Para el que proponga ir más allá y salir del capitalismo, le tiene listos una camisa de fuerza o el cartel de asesino.
Se ofenderá si se menciona los muertos que el capitalismo arrastra tras de sí, pero tiene contados al dedillo los muertos de Mao, Stalin, etc.
Todas las muertes que antes le parecían resultado de la natural tendencia a la guerra que tiene todo primate-humanos incluidos- de repente cobran un sentido distinto: ahora son culpa de la maldad de las utopías. Si tan solo el hombre se resignara y dejara de querer cambiar, parece decir.
Los partidarios de la ultraderecha lo odiaran. Les escandaliza que él no rechace a los homosexuales, ni diga que las mujeres solo sirven para parir hijos, ni odie a los ateos, y aunque defiende la pena de muerte, la mano dura contra el delito, y justifica las guerras con aire resignado, les parece que no basta, ellos quieren una defensa a ultranza.
Tampoco la izquierda lo comprende. Ya sea porque se ha fumado la alfombra y vive en un mundo relativista y deconstruido donde es imposible condenar los crímenes que no sean cometidos por occidentales, no sea cosa que seamos imperialistas, o porque le escandaliza su defensa velada de la resignación como virtud, no ve que es el rival, el acicate inteligente que toda izquierda necesita para no dormirse en los laureles. No se puede cambiar lo que no se conoce-salvo que el cambio sea la destrucción lisa y llana, sin atenuantes-, esa es la lección que debemos extraer.
No venimos de ningún paraíso perdido, y probablemente tampoco nos espera ningún edén. Pero eso no nos impide caminar...

2 comentarios:

  1. "El Ébola puede solucionar el problema de la inmigración en tres meses"
    Jean-Marie Le Pen.

    Así nomás, sin anestesia...

    Enorme post, Iris.

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  2. Ah, los sueños xenófobos de la ultraderecha. No comprenden que los virus no distinguen color de piel, ni nacionalidad, y que es más probable que un próspero viajero en aviones llegue con la enfermedad a cuestas a que lo haga el inmigrante pobre en la patera, porque ese se muere antes de llegar.

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