Diletante y en rebeldía

Diletante y en rebeldía
Algunas cosas no las sabe,otras las ignora, y la mayor parte ni siquiera las sospecha

jueves, 24 de diciembre de 2015

Un día de pesca

Elizabet tenía muy pocos recuerdos de su niñez. El que más atesoraba fue la única vez que su padre la llevó con él a pescar.
Había tenido que insistir varias veces porque su padre iba siempre solo a esos paseos, y porque su madre se negaba sistemáticamente a considerar su pedido ,diciendo que su deber era ayudarla en la cocina,y cuidando a sus hermanos menores,que la pesca era cosa de hombres.
Pero ese día había sido distinto...la noche anterior su padre le había ordenado, en tono seco y cortante,que se fuese a dormir temprano porque al día siguiente debía acompañarlo a él en su expedición de pesca.
Elizabet recordaba como su madre había protestado,enojada, diciendo que la niña aún tenía que lavar los platos, a lo que él le respondió con sorna diciendo que los lavase ella...
La niña percibió con claridad el rictus de ira de su madre,y mucho más todavía, el tono burlón con que comentó:
-Bueno, ahora que tendrás ayudante,espero que traigas algún pescado. Porque hasta ahora,se quedado todos en el río...
El hombre no pareció inmutarse ante el comentario. Pero lo cierto es que su esposa tenía razón: a pesar de haber ido a pescar durante años,nunca había vuelto con pescado a su casa...
Elizabet decidió ignorar la escena, y se fue a dormir muy feliz...
Al día siguiente, se despertó puntual, y se preparó con rapidez para lo que ya visualizaba como la aventura de su vida...
Viajaron hasta el río en silencio. Elizabet hubiera querido hacer mil preguntas,pero el severo silencio de su padre la intimidaba.
Finalmente llegaron a destino. El padre abrió su caja de herramientas, y preparó todo. Elizabet pensaba que le pediría ayuda,pero se limitó a ordenarle que permaneciera quieta,y en silencio.
Cuando hubo culminado sus preparativos,el hombre lanzó la caña, y permaneció en silencio, sin moverse.
Pasaron las horas,y el sol ya estaba alto en el cielo,pero el hombre seguía sin moverse,y Elizabet empezó a impacientarse. Entonces recordó el comentario de su madre... ¿Tal vez su padre no sabía pescar después de todo,y sólo hacía una pantomima para estar a solas un par de horas?...ciertamente eso explicaba muchas cosas...
Decidida a descubrir la verdad, Elizabet le preguntó con cortesía si no sería mejor buscar un lugar donde hubiese más pique.A lo que su padre le contestó,diciendo que tomase la caña un momento.
La niña obedeció. Al poco rato pudo notar un leve movimiento pero cuanto recogió el sedal no halló nada ...ningún pez ,ni cosa que se le pareciera.
Sonrojada, le dijo a su padre.
-Creí que era un pez. Debo haberme equivocado.
Pero el hombre sonrió, y le indicó que mirase nuevamente el anzuelo.
Elizabet lo hizo,y lo que vio la sorprendió en extremo: el anzuelo no era más que una aguja de punta redondeada. Jamás podría pescar nada con él.
Su mirada de desconcierto debió ser muy evidente, porque el padre de Elizabet se apresuró a explicar.
-De ese modo,puedes tocar a los peces,sin hacerles daño.
La niña comprendió entonces el motivo de los continuos regresos de su padre con las manos vacías, pero seguía sin entender algo:
-¿Y para que querría alguien evitar matar a un pez? Muertos son ricos...Vivos...no sé,¿De qué sirve salvarlos?
Y entonces, Elizabet oyó las palabras que resonarían en su mente toda la vida,con diferentes significados tal vez,pero sin borrarse nunca...
-¿Quién habla de salvarlos? Salvar es una palabra demasiado grande, y depende de cosas que no controlamos. Yo aspiro apenas,a darles una segunda oportunidad...A veces, un simple roce puede cambiar el destino de un pez pequeño...

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada