Diletante y en rebeldía

Diletante y en rebeldía
Algunas cosas no las sabe,otras las ignora, y la mayor parte ni siquiera las sospecha

domingo, 7 de febrero de 2016

Un cuento : verdugos

Siempre he sido profesional. Lo confieso. Hago mi trabajo con total eficiencia y eficacia. No todos pueden decir eso.
Y es que la profesión de verdugo no es para cualquiera. Muchos caen en la estupidez de creer que hay que amedrentar al condenado ,y eso es una absurda pérdida de tiempo.
Me causan risa algunos de mis compañeros que se regodean contando las cicatrices ganadas en ejercicio de la profesión. Sólo un imbécil se vanagloria de haber tenido que amordazar a sus condenados, porque éstos, aún atados de pies y manos,se defendían a mordiscos, y escupían. Recuerdo que aún así, uno le fracturó la nariz al verdugo, de un simple cabezazo.
Sospecho que un examen psicológico más riguroso permitiría eliminar a esos sadomasoquistas encubiertos, pero quizá bajaría excesivamente el número de reclutas. La Empresa debe ser cautelosa con estas medidas.
Por mi parte yo no he recibido herida alguna en todos mis años de desempeño. Admito que tengo alguna que otra cicatriz en la espalda y hombros ,pero no ha sido a causa del trabajo. Si hay algo que tengo bien claro es la necesidad de no mezclar negocios con placer.
Volviendo a mi queja anterior,sospecho que el problema principal radica en que se contratan demasiados hombres. Las mujeres son menos dadas al exhibicionismo, y no dudan en drogar a los reclusos para mantenerlas tranquilos. Algo de elemental sentido común,pero que muchos hombres ven con desprecio, casi como signo de cobardía.
Tal vez siguen pesando los viejos prejuicios sociales contra las mujeres, aún en La Empresa. Una lástima.
Y no se crea que digo esto esperando sacar alguna ventaja. En mi tarea diaria apenas si hablo con mis colegas,sean varones o mujeres. Esta no es una profesión para hacer amigos.
Con quienes sí hablo,es con los condenados. Y mucho. Les nuestro la máxima cordialidad, les digo una y otra vez que soy su aliado, que soy la única persona que puede salvarlos. Incluso intervengo cuando algunos de mis colegas intentan propasarse innecesariamente con los reclusos. Por eso muchos me odian. Pero mi eficacia es indiscutible.
Y los condenados me creen. Confían ciegamente en mí. Durante el camino, las ancianas me muestran fotos de sus nietos, a los cuales esperan ver pronto. Nunca entenderé como logran pasar por los rigurosos controles de entrada semejantes objetos. Si pusieran el mismo empeño en ocultar granadas de mano,los verdugos estaríamos en un aprieto.
Pero no sólo las ancianas se dejan llevar sin oponer resistencia. Las mujeres jóvenes, y hasta los hombres caminan tranquilamente a mi lado , mientras esperan que los guíe rumbo a su salvación.
Los seres humanos adoran los cuentos de hadas, y lo que es peor,se los creen. Piensan realmente que todas las historias deben tener final feliz. Que los buenos les ganan al final a los malos, y que quien dice estar de tu lado, siempre lo está. Yo sonrío y los dejo creer. Cuando llegamos al sitio de la ejecución, los mato con un certero movimiento de mi navaja. Sospecho que no llegan a tener tiempo de decepcionarse ante mi traición cuando la muerte los alcanza.
Por algo soy el mejor verdugo de todos. Pero no me hago ilusiones. Tarde o temprano me llegará el "ascenso", que no es precisamente el paso a una tarea menos sangrienta, como piensan ingenuamente algunos de mis colegas, sino mi propia ejecución. A cargo de algún verdugo, claro está.
Yo mismo he tomado parte en una de ellas. Y sorprendentemente, los propios verdugos son tan crédulos como los reclusos. No pueden, o no quieren creer que para La Empresa,todos somos descartables .
Pero por ahora,sigo adelante y cumplo con mi tarea diaria. Al fin de cuentas, alguien debe hacerlo,y yo soy,sin ninguna falsa modestia, el mejor en lo mío...

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